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BLOG: Toño Esquinca
La naturaleza en nuestras vidas

Históricamente, el reino animal, vegetal y mineral han ocupado un lugar por debajo de la vida humana que podemos además de domesticar, manipular y de los que literalmente, nos valemos para vivir. Pero la visión de seres supremos en el planeta nos ha llevado a generar catástrofes indecibles de las que ahora pagamos un alto precio.

Vivir con sólo el hemisferio izquierdo, el racional, lógico y masculino, nos ha conducido a un modelo de separación que divide al bienestar de la Tierra en su conjunto y a nosotros como la especie pensante. Es una verdadera desgracia y un gravísimo error, o mejor dicho, un horror. Nosotros somos quienes ocupamos por un tiempo este hermoso planeta, y no al contrario.

De alguna forma los seres de la Tierra se han voluntariado para vivir con nosotros esta experiencia de vida. Nos han regalado su vida para que podamos subsistir y evolucionar. Nos han obsequiado no sólo alimento, sino además su inigualable singularidad y belleza; y en el caso de las mascotas, es decir, de seres que han accedido a ser parte de nuestra vida cotidiana, nos ofrecen amor a manos llenas como nuestros fieles compañeros e incluso guías.

Hay algo muy grande que debemos aprender de los animales en general de toda la naturaleza: el amor incondicional y la generosidad. La dimensión humana concibe a los seres naturales como irracionales, pero muy seguramente ellos llevan detrás la fuerza de una inteligencia superior que es amor supremo cuya vida se manifiesta en ellos.

Los mayas, por ejemplo, creían que un alma humana se forma con siete almas de diferentes animales. Podemos creer en esto o no, lo cierto es que cuando una especie es maltratada o se extingue, algo importante de las capacidades de nuestro ser debemos estar perdiendo.

Las tribus nativas de Norteamérica afirman que los ríos del planeta son el sistema circulatorio también de nuestros cuerpos, y que su contaminación repercute en que haya tantas enfermedades cardiovasculares, así como los bosques y árboles son los pulmones planetarios.

No suena entonces disparatado que la extinción de una especie de águilas le reste a la humanidad capacidad de visión y agudeza para contemplar a la creación.

La próxima vez que consumamos todo lo que implica mantenernos vivos, será un ejercicio muy sensato agradecerles hondamente por su vida en pro de la nuestra, honrando su acompañamiento en esta experiencia, pues si bien no podemos cambiar un sistema de vida de un día para otro, sí podemos transformar la consciencia de cómo lo estamos viviendo y tal vez algo podremos retribuir a los reinos de la vida que nos han dado tanto.

Los tiempos actuales son, sin duda, una gran invitación a que no tomemos sólo por tomar lo que está ahí, como merecedores a ciegas, sino que abramos los ojos a la clara conciencia de que somos interdependientes, y que cada uno de nosotros podemos dar un pequeño o gran giro comenzando por lo básico, para regresar la vida al balance, sin culpa, pero sí con toda la responsabilidad de seres que se comportan a la altura del planeta que nos fue prestado.

Para ser plenos, aunque parezca impensable, tenemos que ampliar nuestra capacidad de imitar más a la naturaleza: en amor, regeneración y servicio constantes.

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