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Blog Toño Esquinca: El ejercicio de los primeros siete años

La psicología, la pedagogía y muchas corrientes educativas, coinciden en afirmar que los siete primeros años de vida son fundamentales en el desarrollo de los seres humanos, tanto, que constituyen el basamento sobre el que se edificará lo que hagamos el resto de nuestra existencia. Desde el ámbito espiritual también se describen influencias kármicas y prototípicas que marcan esta primera etapa como el mapa por el que transcurrirá nuestro destino.

De hecho, hay expertos que afirman que los ciclos repetitivos que parecen no tener fin, en realidad son estos siete primeros años camuflados de diferentes circunstancias, personas, lugares, pero en esencia, es la misma información que se replica una y otra vez.

Probablemente es por eso que a veces usted, yo, y muchísimas personas, nos sentimos atrapados en un ciclo de experiencias que nos parecen muy conocidas y familiares, o repetimos situaciones desagradables de diversa índole, de las que no sabemos cómo salir. Y a nivel colectivo sucede algo parecido. Siempre, la historia se repite.

Pero ya sea colectiva o individualmente, la única manera de salir de los círculos, es hacer un giro al ángulo que permita que este trayecto se dispare hacia una espiral, para brincar o escalar a un nivel de conciencia distinto. Porque, seguramente, le ha pasado también, que cuando de verdad cierra un ciclo o una etapa, y siente que aprendió lo que tenía que aprender, entonces es cuando vienen cosas, personas, y situaciones nuevas.

No son ni la distancia, ni el tiempo, ni el espacio, ni los objetos, ni las relaciones lo que realmente marca un cambio de experiencias, sino lo que hayamos aprendido y crecido en conciencia. A veces, el trabajo interior es lo que nos cuesta más, pues no estamos habituados a ver lo que ocurre en la conciencia como el origen de lo que nos pasa.

Pero si nos guiamos por esta pauta, es más fácil que podamos resolver nuestros atorones, que haciendo movimientos externos que, de nueva cuenta, nos llevarán al mismo tipo de realidades.

Por todo esto, si usted tiene hijas o hijos pequeños, o está cerca de la educación de los niños, procure proveerles del mejor código posible, de hacerles sentir dignos, respetables, honorables, valiosos, talentosos, capaces, reconocibles, adorables, suficientes, amados y comprendidos, pase lo que pase; enséñeles a mostrar su ser sin pena, a ser verdaderos, a ser bondadosos con la vida, compasivos, generosos sin miedo a brindarse, a que su valor radica en su propia existencia, y que lo demás es un añadido que pueden ir esculpiendo con su poder creativo.

Muéstreles el verdadero lugar de su tesoro escondido: el centro de su corazón. Y enséñeles a comprenderse y a perdonarse si creen que se equivocan, para que no creen una fijación en sus errores. Pero corríjales si se equivocan en su conducta, porque esta es una enorme forma de amarles. Si aprenden esto en sus años primordiales, no necesitarán gran cosa más para crear la mejor de sus posibilidades.

Más en estos tiempos, a la par de adquirir conocimientos, condúzcales al camino de lo verdaderamente importante, para que puedan dar lo mejor de sí mismos, y para que sean los adultos completos, responsables y despiertos, del mañana que todos queremos.

Y recuerde esto también para usted, con el intento de reescribir en su conciencia aquello que le hubiera gustado aprender en sus primeros siete años de existencia.

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