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BLOG: Toño Esquinca
¿Y tú qué sabes?
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Alguna vez una sabia maestra, al escucharme tan molesto por algo que me había sucedido, me reviró con algo que pareció ser hielo a una herida ardiente, me dijo: ¿y tú que sabes? ¿Cómo? Le repliqué aún más enojado al notar que estaba cuestionando mi genuina ira por aquello tan indignante.

Y volvió a decir: sí, pero ¿y tú qué sabes? Así que sentí como si me estuviera tachando de no identificar una situación o ser impreciso en calificar aquello, prácticamente como un idiota. Para no salir corriendo aún más enfurecido o contestarle algo ofensivo, le pedí que aclarara esa preguntita burlona, ¿cómo que y yo qué sé?

Es justo lo que te estoy contando, ¿qué no me oigo suficientemente claro? Dime exactamente a qué te refieres con eso de que “¿y tú qué sabes?”. Claro, replicó ella: ¿y tú qué sabes si eso que te está pasando no es la aspiradora de Dios quitándote los estorbos que cargas y que crees que son tu gran asidera, pero en realidad son tu gran obstáculo?

Tú crees que la forma en la que te están humillando, exhibiendo, y traicionando es lo más grave, que esa es la esencia de tu lección, pero ¿y tú qué sabes? Cómo podrías asegurar que te has aferrado tanto a esas cargas que ya ni siquiera las ves como tal, y eso sí es lo grave.

A grandes males grandes remedios, por eso la barrida que te está dando el Universo o Dios o Diosa, como le quieras decir, te está cortando esos tumores con fuego. Nada de lo que nos hace tocar el fondo, estar tan enojados e indignados con la vida, viene porque sí.

Date cuenta de que sólo es la forma lo que te molesta, pero del fondo ¿tú qué sabes? ¿Tú qué sabes, además, del destino que les espera a los ejecutores? O el que cargan detrás. No es que justifique sus acciones viles y mal intencionadas, pero ¿y tú qué sabes de toda la podredumbre que traen dentro? y que -fíjate- si nada más contigo, que ni su pariente eres, se desquitan como víbora que escupe su veneno, quién sabe qué infiernos vivirán con su propia sangre. ¿Y tú qué sabes?

Si te sabes ser de bien, de buena voluntad, que puede dormir con la mejor almohada que existe: una buena conciencia, que no buscas hacerle mal a nadie, ¿qué sabes si no te están limpiando el camino de esas cosas que te hacen mal? De eso que brilla como el oro pero que está muy lejos de serlo.

De esas apariencias que apantallan pero que en el fondo son pura paja. Acuérdate que a este viaje, a esta escuela vinimos sin nada, que llegamos desprovistos de todo eso que vamos acumulando a lo largo del camino, y que cuando nos vamos, nos lo llevamos en forma de experiencias, como una impronta que se proyecta en el alma a través de la alquimia del corazón.

No es el suéter que te dio tu mamá, es el amor que le puso al escogértelo, la carga al pensar en tu esencia, en lo que te gusta, en quién eres, más la realización que ella siente de haberte traído a este mundo; no es el suéter, es cómo lo recibiste, lo que sentiste, lo que ella te quiso transmitir con ese objeto, el símbolo que se reproduce cada vez que lo usas, pero que una vez integrado en ti, jamás te abandonará, se quedará contigo para siempre, aunque el suéter se desgaste, se rompa, se queme, se lo lleve el tiempo.

Por eso, ¿tú qué sabes? Que la vida te aprecia, te conduce, y te protege tanto que, a veces de la forma más desgarradora, te deja libre, te permite evolucionar, y dejar que no te distraigas, que tu alma sea un cántaro cada vez más amplio para poder recibir la sabiduría que viniste a aprender, y de la que llegaste a formar parte.

¿Y tú qué sabes que eso que te está dejando tan abajo, que te enfurece tanto, no es lo mejor que te podría estar pasando?

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