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BLOG: Toño Esquinca
¿Para qué ser “espirituales”?

Algo que he aprendido durante todos mis años en lo que podría llamarse una “búsqueda espiritual” -que ahora llamaría sencillamente camino de aprendizaje, porque todo, absolutamente todo lo que hacemos, dejamos de hacer, y elegimos, es relativo al crecimiento del espíritu (incluso hasta lo que etiquetamos como más mundano)- es que el nombre del juego se llama amor.

Y no el acto cómodo, rosa, pusilánime o mediocre que queremos nombrar como amor, sino el amor que colma, que eleva, que llena cualquier espacio, que sana, que libera, que perdona, que abraza, que hace evolucionar, y que a veces implica el gran sacrificio de dejar morir una parte de nuestro ego o del prestigio de nuestro personaje.

Si es usted observador, podrá darse cuenta que exigimos mucho, todo el tiempo. Casi siempre tenemos una cantaleta que pide, exige y se queja, pero en realidad ¿cuánto estamos dispuestos a sacrificar? Por los demás, por el entorno, por la Tierra, por el país, por la vida. La verdad de las cosas es que muy poco, al menos voluntariamente.

El personaje o el ego, es como un “monstruo devora-todo” que siempre quiere, demanda, y al final, depreda, porque parece no saciarse nunca, y ya sea que, robe energía de los demás con exigencias absurdas, críticas, mentiras, manipulaciones, etc., o que sea la víctima del mundo entero.

El ego jamás da, sólo come y consume. Así que mientras estamos en ese estado de la conciencia, poco podemos darle a la vida, y poco aprenderemos del ejercicio del amor. Si una situación pide de nosotros un poco de sacrificio para algo que no tenga retribución inmediata, rara vez accederemos.

Y la prueba suprema: si se trata de amar, en el más amplio sentido, a un “desconocido”, alguien que no es de nuestra familia, intereses o círculo, ¿cuántas veces diremos que sí, sin pensarlo ni un segundo? Y la prueba es todos los días y a cada instante: en el tránsito, en el supermercado, con sus compañeros de trabajo, con quien le parece despreciable –que en realidad le está mostrando un lado de usted que no quiere ver-, con toda la vida en todas partes; con la única y sublime finalidad de que usted, yo, y todos, aprendamos de una buena vez a amar sin condiciones. “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, tan sencillo, y tan categórico, tan escuchado y repetido, y tan poco aplicado.

Sin el cumplimiento de este principio, mensaje y llave mágica que nos regaló el más grande maestro que ha pisado la Tierra en las últimas Eras, de nada sirven horas y horas de rezos, meditaciones, rituales, diezmos, oraciones, servicios; pues mientras esta premisa no se cumpla, todo esto se convierte en una mera expiación pobre y puritana que sigue sirviendo sólo a nuestro ego y a su gran miedo del infierno, del karma o de las consecuencias.

El amor no se da porque hay que hacer puntos y ser más buenos para sufrir menos, ni porque no queremos pasar por el resultado de los horrores que hemos creado; el amor se da por un acto de consciencia suprema que no espera nada, porque no es predecible con nada, porque pertenece al vacío de la creación, a la fuente infinita de una emanación más allá de medida.

Ahí es donde se cala realmente nuestra capacidad de amar, porque al final, la vida nos quiere mostrar a través de cada molécula e instante de la creación, que todo lo que existe “afuera”, es simplemente, una extensión del propio Ser; ni más, ni menos.

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