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BLOG: Toño Esquinca
Llaves Mágicas

Recordar que nacemos sin nada y que nos vamos en la misma condición, es un aterrizaje súbito y muy efectivo para no apegarnos ni aferrarnos a todo eso que siempre está cambiando, y para procurar más gratitud por todo lo vivido. No importamos nada de lo que acumulamos materialmente a la otra vida, o al siguiente patio. Y eso debe tener un potente significado.

Es realmente todo lo que experimentamos por medio de aquello que nos es prestado temporalmente, comenzando por el cuerpo, que lo vivido se integra en la conciencia para formar parte de lo que somos en esencia y que trasciende a través de los mundos, de los tiempos y de los espacios. Entonces si de alguna u otra manera, por medio de las religiones o incluso de las ciencias lo sabemos, para qué nos apegamos tanto a los medios.

Es necesario siempre equilibrar y darle a cada aspecto y cosa su lugar, pero recordando siempre su propósito fundamental: una casa no es necesariamente el hogar, un auto no nos otorga personalidad, un puesto no nos otorga liderazgo, un poder no nos regala el respeto, un título no nos hace profesionales, un contrato no nos regala una relación amorosa, un buen cuerpo no nos hace buenos seres humanos, y etc.

Cada elemento del exterior siempre estará cambiando, y es un medio por el cual lo mejor de nuestros talentos, habilidades y vocaciones se esculpe en el mundo real. Por supuesto que lo que logramos tiene todo el valor del mundo, pero nunca podrá ocupar el lugar de aquello a lo que está sirviendo: la expresión de nuestro propio y verdadero Ser. En este sentido hasta las experiencias más complicadas se vuelven circunstancias que estarán cambiando y que, lejos de repudiar, podemos comenzar a agradecer.

Es muy importante recordar siempre que no somos eso con lo que nos identificamos tanto, porque cuando tenemos época de vacas gordas es muy fácil pensar que somos las vacas,  pero estas siempre están en su caminar, y cuando llegan las flacas, sufriremos en demasía.

Ni en uno ni en otro escenario las cosas se mantienen para siempre, y para evitar ese sufrimiento es sano que la conciencia esté habituada a no sentirse ni vaca flaca ni vaca gorda, a no echarse estrellas de más cuando estamos en la opulencia, ni a restarse méritos cuando a lo externo se lo lleve una tormenta.

Contemplar los medios como lo que son, y agradecerles profundamente para disfrutarlos, incluso cuando se trata de escenarios difíciles, llenos de laberintos y encrucijadas, nos permite despertar el ojo de la conciencia que ve lo bueno detrás de lo malo, la bendición oculta detrás de lo agreste, y la luz al final del túnel. Ser nuestro propio ser implica también montarse sobre la conducción de nuestro destino sin tener aversión ni apego por lo cambiante.

Agradecer lo amargo, lo áspero, lo rudo, lo disonante, y todo de lo que queremos huir, lo convierte en dulce, suave, llevadero y placentero. Es justo en la aceptación y en el agradecimiento constantes, continuos y conscientes, que se configura ese llavero para abrir las puertas del cielo aquí en la Tierra, a cada instante.

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