Tal parece que los retos tan desafiantes a los que el mundo está enfrentándose hoy por hoy emergieran de una esquizofrenia colectiva que no tiene pies ni cabeza, y que estamos ante una miríada de sinsentidos que nos llevan, tal vez, a ver la esencia de nuestra propia naturaleza cuando está extrapolada y fuera de balance.

Probablemente sea tiempo de aprender a aceptar, respetar y asimilar nuestras contradicciones y paso seguido, el tiempo de comenzar el camino hacia nuevas formas de vida. Algo debe estar en insano desbalance cuando nos sentimos en franca supervivencia en lugar de un placentero vivir; cuando pareciera que el único sentido de la vida es “asegurar” un futuro de atesoramiento económico; cuando invertimos más en pagos de seguros que en nuestras vivencias gozosas, y más tiempo en componer achaques que buscando emocionados cada mañana el advenimiento de extraordinarias experiencias, viviendo cada día diferente, nuevo, fresco, como un lienzo en dónde pintar nuestra expresión real.

Algo debe estar profundamente erróneo cuando el sentir colectivo está tan enervado, y a la primera provocación explota en acciones de desproporcionada violencia y agresión. Algo debe estar al revés si, en lugar de sustentar la vida, la exterminamos; es decir que vamos al revés en función de la vida. Ir, gozar, disfrutar y admirar a la naturaleza, no es sólo una actividad esporádica reservada para las vacaciones o para una imagen inspiradora, no: ¡nosotros somos la naturaleza! y aunque ahora nos parezcan más inherentes un aparatejo celular o los grandes “avances” tecnológicos, si éstos no están alineados con los sistemas que la naturaleza nos muestra en todas sus creaciones,  están destinados al exterminio.

Avance, progreso, actualidad, desarrollo, son palabras que carecen de significado si en ellas no está contenido el concepto de respeto por la naturaleza, o mejor dicho, de unidad con ella. Nuestros abuelos ancianos, los pueblos indígenas, han sabido desde siempre que esto es el marcaje de la diferencia entre la vida y la muerte. Nos consideran menores civilizados, porque tenemos mucha menos edad de conciencia. Les parecemos, al mundo occidental con sus grandes explotaciones, como almas nuevas que carecen de la experiencia que da sabiduría, y aun llevándonos al mundo que habitamos todos, entre los pies, nos siguen amando y respetando: nos contemplan con compasión. El caos que habitamos, no es más que la consecuencia que ha dado el giro de regreso, y no para llenarnos de más miedo, más dolor o más ira, sino todo lo contrario, para enseñarnos con esos daños, el camino de regreso al centro de nuestro ser y, como dictan las Enseñanzas de Don Juan, al camino con corazón.

Las invenciones del ser humano son extraordinarias pruebas del poder de la naturaleza en otra de sus facetas infinitas, pero no sólo pueden recorrer un sentido del camino: el de la explotación de la Tierra, y por ende de los seres que la habitan, el de tomar como desquiciados sin dar de regreso, porque entonces la creación está incompleta, y corre el alto riesgo de desaparecer. Que cada uno de nuestros actos esté inspirado, siempre, en ir de vuelta a la fuente, sin individualismo, sin egoísmo, con total generosidad, y con todo el amor del que seamos capaces. Sólo de esta manera, a todos niveles, en todo sentido y en cada pequeño acto, podremos garantizar nuestra estadía en esta vida.