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BLOG: Toño Esquinca
Duelos y consuelos

Dejar ir, desprenderse, despedirse, sin duda es la acción humana más dolorosa que nos implica en todos los cuerpos. Muchas veces quisiéramos encontrar maneras de evitar el dolor de dejar una etapa, una situación, un lugar, una relación, que nos han hecho felices. Cuando una pérdida sucede de manera repentina, sin esperarla, es como si se generara un tremendo hoyo negro o vacío que nos descontrola al punto de no sentir que tenemos un centro o punto de gravedad del cual asirnos.

Casi literalmente es como si nos sacaran de la órbita de la Tierra, es decir, como un destierro que nos empuja a tener que encontrar de nuevo un punto de anclaje. Cuando sabemos que estamos ante una despedida inminente de la cual podemos ser anunciados, el desprendimiento es paulatino y de alguna manera aprendemos a dosificar el dolor, parecido a ese dimmer de las luces que gradualmente se van apagando.

Lo que es muy cierto es que en cualquiera de los dos escenarios el alma pasa por una alquimia con la cual nunca volverá a ser la misma: nunca veremos las cosas de la misma manera una vez que hemos pasado de un lugar de ser al otro. Las pérdidas, por muy dolorosas que sean, al mismo tiempo son las grandes ganancias para nuestro aprendizaje.

A nadie nos gustaría tener que aprender de esta manera, pero lo real en este mundo es que siempre estamos cambiando de piel, lo queramos asumir o no, nos demos cuenta o no, lo asimilemos o no. Sería una vil mentira decir que los desprendimientos de cualquier índole son fáciles, al contrario, pero si de esto parece tratarse el basamento de la vida entonces algo muy positivo debe estar detrás del ejercicio de amar algo intensamente y después dejarlo partir.

Probablemente a eso se refieren muchas religiones cuando afirman que en realidad nada nos pertenece, pues tarde o temprano regresará a su pertenencia verdadera: la fuente donde fue creado, y más allá, tal vez nunca se ha ido. De ahí que es muy factible creer que no muere, sólo cambia de tiempo, espacio, forma. Esta idea, que cada vez se fundamenta más en los descubrimientos de física cuántica, no sólo ayuda a aliviar el dolor de la pérdida, sino que nos revela una reconfortante verdad de cobijo y de unidad.

Tarde o temprano nos reencontramos, tarde o temprano nos volvemos a ver, tarde o temprano volvemos a ser parte de nuestras historias, tarde o temprano regresamos a la vuelta infinita de volver a ser y aprender a amarnos de nuevo tengamos la forma que tengamos. Por eso es que se dice que despedirnos es sólo por un rato, por un tramo en la ilusión temporal, por un cambio de vestimentas. Enfocarnos en la ganancia de aquello que perdimos ayuda a llenar esos tremendos vacíos con la presencia de la sabiduría, de la experiencia, y del aprendizaje.

Es a través de la grieta que nos dejó la partida de lo que hemos amado que puede entrar una nueva etapa de iluminación en nuestro andar y que podemos acceder al siguiente estado de conciencia. Nuestro reencuentro con quienes o con aquello que hemos establecido lazos tan profundos parece estar garantizado por la noción de que en realidad nada está separado y de que la fuerza de atracción que ejerce el amor es el magneto infalible que eternamente nos mantendrá unidos. Lo interesante de no resistirse al desprenderse es saber que todo tiene un propósito y que como dice la conocida frase: cuando una puerta se cierra se abren 20 más. 

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