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BLOG: Toño Esquinca
Desde todas partes

Hay una frase extraordinaria que reza así: Dios no te mira desde afuera, te mira desde dentro. Una manera de interpretarse es que mientras muchas creencias religiosas nos han acostumbrado a ver a Dios como masculino, castigador, condenador, fuera y lejos, allá y entonces, para después, para un mundo mejor, para cuando muera, para cuando me gane el cielo, para cuando sea puro, para cuando se apiade de mí, para cuando me sienta solo, triste, apagado, apartado, miserable, enfermo.

Dios o Dios/Diosa como la conciben muchas de las tradiciones de pueblos nativos del planeta, es todo cuanto hay y lo que existe que podemos imaginar. Está en cada instante, a cada latido, en cada paso, en cada micropartícula y al mismo tiempo es la sustancia inmensa que teje lo que alcanzamos a concebir como Universo, es decir, una sola versión. Al mismo tiempo que la representación de la mayoría de las religiones es demasiado desvinculada, en la propia definición de lo divino inevitablemente se expresa la omnipresencia de esta sustancia.

Por ejemplo, una parábola muy significativa en el Corán describe esta presencia como el ojo de Al-lah que percibe una hormiga negra, sobre el mármol negro, en la noche más oscura. Y así prácticamente todas las creencias religiosas, puesto que, aunque son interpretaciones meramente humanas, buscan describir lo divino, a la Divinidad, a Dios, o a Dios/Diosa.

Lo interesante es la concepción que con, sin, y a pesar de nuestras creencias podemos abrazar. Incluso siendo personas ateas, las revelaciones más recientes de la física cuántica, y de la biología molecular, están demostrando lo que las religiones o la espiritualidad han sostenido por siglos. Es fascinante ver cómo cada vez más se está develando el holograma de la esencia que parece que somos junto con o desde o para o con Dios, y que va desde el núcleo de cada célula de nuestro cuerpo hasta las constelaciones estelares. Que va desde un acto inconsciente hasta su fruto que viene de vuelta, pues la corriente de vida es exactamente la misma.

Esta concepción al mismo tiempo que nos abre los ojos ante la grande y tremenda responsabilidad de cuidar y amar todo cuanto nos rodea, puesto que no existe separación anatómica entre nosotros y aquello, nos brinda un gran arropo, al menos psicológico, pues el temido sentimiento de desolación puede terminar donde comienza la idea de comunión con un Dios o Diosa que está de principio a fin en todo cuanto tenemos, sentimos, pensamos, hacemos, emitimos.

Más cerca que la respiración, más dentro, arriba, abajo, enfrente, detrás, entre, con, que cualquier fluido y corriente. Más presente que cualquiera de nuestros pensamientos, y más vivo a través de nosotros que aquello de lo que probablemente seamos conscientes. De la misma manera, al incluir lo divino en todo cuanto realizamos, le estamos invocando a una celebración, a aquello que nos hace felices, que nos exalta, que nos hace suspirar de alegría y contento, y así automáticamente estaremos ejerciendo la vital gratitud de todo cuanto tenemos.

Invitar a la divinidad, a lo supremo, a lo incluyente, a lo que no tiene género, al todo que nos sostiene, como usted le quiera concebir, no es sólo un acto de honra y agradecimiento, sino también de justicia, pues qué o quién o cómo seríamos sin aquello que no tiene principio ni fin y del que aparentemente somos un hilo indivisible, irrompible y constante. Tal vez es esto lo que quiso expresar una de las mentes brillantes del siglo XX cuando dijo que la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma.

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