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BLOG: Toño Esquinca
De riqueza
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J. Charles Davis, un publicista inglés nacido en 1948, dijo en alguna de sus conferencias que el dinero no debe ser tomado como parámetro de felicidad ni de éxito; y tiene toda la razón.

No vamos a negar que el dinero –lo que se adquiere con él- nos proporciona alimento, comodidades, bienes, servicios, y todo eso –no el dinero per se– es fundamental porque es lo que requerimos para vivir y cubrir las necesidades básicas. Pero se ha preguntado usted ¿cuánto de lo que cubre más allá de lo elemental es lo que en verdad necesitamos y cuánto de lo que adquirimos es tan sólo un paliativo que nos da una sensación momentánea de placer?

Es decir que sólo es una ilusión de lo que creemos que nos hará felices y plenos. Tenemos insertos modelos aspiracionales de cómo parecer exitoso, cómo ser reconocido, cómo vivir una vida aceptable, y vamos tras de todo eso sin preguntarnos, sin siquiera hacer una pausa y verificar qué eso es lo que queremos.

Hay muchos, miles de ejemplos de personas que tienen riqueza económica o poder pero muchas carencias internas; las comprobaciones de esto pueden verse en cómo viven sus vidas, cómo se relacionan con sus seres queridos, cómo ayudan a su entorno, qué elecciones toman.

Lo mismo sucede cuando hay pocos recursos monetarios, pero hay altos grados de conciencia, de armonía, de bondad y generosidad.

Si la riqueza material garantizara la plenitud entonces no veríamos ni un ejemplo de unos, ni uno de los otros. Esto no quiere decir que nos tengamos que volver renunciantes, existencialistas, indiferentes o beatos, sino que sencilla-mente ubiquemos a cada cosa en su lugar, y le demos su justa dimensión de poder e influencia.

El ejercicio de agradecer por cada cosa que tenemos, desde la respiración, hasta las experiencias de las que podemos disfrutar, sean agradables o no, como humanos, es el primer acto de verdadera abundancia. La riqueza y el éxito, están siendo redefinidos por la propia evolución colectiva como valores basados en las experiencias, más que en las cosas, en la calidad de las emociones, más que en lo que se ostenta con esas cosas, en el servicio a los otros, más que en su mera compañía.

En un momento de pobreza interna, el menos costoso de los detalles puede valer oro; y en contraste, tener mucho dinero en el bolsillo, puede no significar más que eso: dinero en el bolsillo.

Viajamos, compramos, acumulamos, ostentamos, porque sentimos que eso nos llevará a “algún lugar” de felicidad, sin embargo, es hasta que descubrimos la fuente de conciencia dentro de cada uno, que todo eso adquiere un sentido, pero jamás funciona al revés.

Hay cosas maravillosas que pueden llevarse a cabo con recursos materiales, porque vivimos en la tercera dimensión y es natural, pero la conciencia con la que se hacen es lo que marca la diferencia.

Una vez cubiertas las necesidades básicas, la gratificación inmediata de tener y acumular mucho es realmente muy poca; pero hacer de la materia monumentos de servicio, bienestar y felicidad para los demás, genera enormes oleadas de plenitud y satisfacción, porque entonces nos movemos en otra dimensión, y los recursos cambian de significado.

Estas fechas son buenas oportunidades para reflexionar en la verdadera riqueza, y darnos cuenta de lo rica que es nuestra vida en varias aristas, y también en dónde aún tenemos pobreza interior, para elegir distinto. Feliz Navidad.

 
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