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BLOG: Toño Esquinca
De educar
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El aprecio o amor, es una de las formas de expresión o energías más complejas y al mismo tiempo más evidentemente sencillas de experimentar. Pero una de las maneras más rápidas y fieles de hacerlo se encuentra en la medida en la que quien nos aprecia nos hace ver nuestros errores. Aunque parezca lo contrario, aquellas veces en las que nuestras madres o padres nos enseñaron a modales de respeto, cortesía y agradecimiento, nos estaban dando lo mejor de su amor.

Si usted quiere crear y contribuir a una sociedad más consciente, propositiva, generosa, respetuosa, atenta y cívica, conduzca a sus alumnos y alumnas, hijos o hijas, sobrinos, nietos, seres humanos en ciernes con valores y principios que les ayuden a ser amables, respetados, admirados, honrados y honrosos. Al final todo esto será su verdadero acervo para más y mejores posibilidades. La instrucción y los conocimientos se reciben en la escuela, pero la educación se transmite en la casa, principalmente por medio del ejemplo.

La etimología de Educar viene de educare, o sacar lo mejor de sí, por ello no hay mayor símbolo y emblema del cariño y del aprecio verdaderos que la corrección sincera, firme pero amorosa, y a tiempo de aquello que alguien está haciendo mal. Una sociedad sin educación es albergue de personas cínicas e insensibles al dolor ajeno.

Cuando no existe la reubicación, la indicación de los errores, y el repaso de la lección, no existe el verdadero aprecio o, al menos, está inactivo. Hasta hace dos o tres décadas fuimos hijos/as de generaciones en el extremo de un lado de la moneda: excesiva reprimenda o falta de comunicación y de expresión de emociones, castigar por castigar, y medidas autoritarias que tuvieron sus tremendas consecuencias.

Sin embargo, esto causó que corriéramos directamente al otro extremo, haciendo un movimiento pendular que nos aleja del centro. De nada sirve tampoco tener completa holgura, nada de medidas disciplinarias, ni prácticas de cortesía y respeto al derecho ajeno. A veces lo único que con esto se ocasiona es la crianza de personas insoportables que no saben ganarse el aprecio, y a las que les es difícil escuchar, atender, poner atención, ser corteses, etc. con sus también terribles consecuencias.

A través de la historia y de todos los tiempos los valores humanos han sido los mismos. Las creencias cambian y se van transformando. Pero lo cierto es que a todo mundo nos gusta que nos respeten, que nos atiendan, que nos escuchen, que nos traten con amabilidad, dignidad, justicia, aprecio, y que reconozcan las cosas buenas que hacemos, o por las que nos esforzamos. Eso no ha cambiado ni cambiará en el devenir humano.

Y la regla es sencilla: aprender a dar lo que nos gusta recibir, y también a evitar hacer aquello que no nos gusta que nos hagan o que les hagan a nuestros seres queridos. Recordemos siempre que si dejamos que alguien haga lo que se le ocurra, sin tomar en cuenta a las y los otros, sin reglas ni límites, sin consciencia, sin autoreflexión, sin conducción, sin guía, sin rumbo, en realidad no le queremos, o no nos importa, o no estamos interesados en su devenir ni en cómo le traten los demás.

Una sociedad cívica está alerta para corregirse a sí misma, con respeto, con dignidad y con aprecio, comenzando por su entorno inmediato, y continuando con aquello que ve en la extensión de su casa: en las calles y con las demás personas.   

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