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BLOG: Toño Esquinca
Crecer

¿Se ha preguntado usted cuántos años tenemos realmente como ciudadanos que participan en la sociedad? ¿De qué edad se siente usted cuando camina por la calle con su mascota y no limpia sus desechos? ¿De qué edad se siente cuando pisa el acelerador para cruzar la luz amarilla aunque ponga en riesgo su vida y la de otra gente? ¿De qué edad se siente cuando sigue echándole la culpa de sus comportamientos nocivos a lo que le dieron o dejaron de darle sus padres? ¿De qué edad cuando actúa con total egocentrismo queriendo pasar primero, atropellando el derecho ajeno, insultando sin razón, perjudicando a los otros? Muy seguramente no rebasa siquiera la mayoría de edad.

Parecería de risa, pero casi todos andamos cerca tan sólo de los 5 años de edad emocional, lo que quiere decir que nuestro punto de vista es completamente centrado en nosotros mismos, demasiado enfocado en la supervivencia, creyendo que son las condiciones externas las culpables de todo cuanto nos toca vivir, y en la total irresponsabilidad del que espera que alguien mayor haga las cosas por ella o él. Cuando, por ejemplo, usted tira basura donde no va o deja que otros ensucien su edificio o su calle ¿cuál es el argumento con el que se justifica a sí mismo para darse ese permiso? Seguramente alguno que viene de un infante congelado en el tiempo, ya sea porque le importa poco lo que afecta a su entorno, o porque cree –en un mundo completamente fantasioso– que alguien, por supuesto más crecido, más capacitado y más responsable, lo hará por él. Y con esta mentalidad salimos a la calle, conducimos un auto, trabajamos, hacemos compromisos, nos casamos, tenemos hijos, y damos el ejemplo.

En esta condición tan corta de edad, todo se convierte en una confrontación, en la creación de problemas innecesarios, en un doble o triple trabajo del que tiene que ser jalado, empujado, y cuidado, en el eslabón que no quiere integrarse al resto porque no se da cuenta de que pertenece a un organismo integral en donde cada una de sus partes tiene una función, una responsabilidad, y un derecho que se sustenta en alguna obligación. Estirar la mano, pedir todo gratis, sentirse personas merecedoras sin hacer esfuerzos, sacrificios, evadiendo las elecciones conscientes de sus actos, habla de una edad intelectual y emocional estancada; es esa niña o niño que no creció, y que sigue pensando, a pesar de sus 20, 30, 40 o 60 años, que un adulto –en cualquier forma que se quiera poner: parientes, instituciones, figuras de autoridad– tiene que venir a resolverle la vida, a decirle por dónde, en qué momento y para qué.

Crecer no se da por añadidura al cumplir años, sino al trascender experiencias y al acatar la responsabilidad o la habilidad de responder a cualquier reto que la vida nos presente, y más aún, que hayamos labrado como efecto de lo que sembramos. Sin crecimiento de madurez realmente habitamos cuerpos de adultos, pero nos portamos como chicos, pequeños en todo sentido, incapaces y maniatados para transformar el entorno. Nadie ni nada es capaz de abarcarlo todo, porque vivimos en sociedad, en comunidad, porque somos átomos de un solo mecanismo, y es de mentes y emociones inmaduras creer que si yo no me muevo no pasa nada, o peor, que alguien ya lo moverá por mí. Así es como se caen buenas iniciativas, se obstaculizan los avances, se avanza poco y mal. Crecer es despertar a la máxima libertad de quien toma su destino por entero para diseñarlo como un maestro y vivir como quiere vivir.

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